agosto 12, 2020

Isabel

Despertó de nuevo. Se levantó de inmediato. Solamente una idea ocupaba su cerebro: había quedado a cenar con su familia. Un pensamiento esperanzador se había abierto camino haciéndole olvidar. Tal vez él estuviera allí, al final de las escaleras; esperándola. Tal vez todo lo demás había sido un mal sueño.

Como entre tinieblas, fue al cuarto de baño y abrió el grifo para eliminar los vestigios del llanto. Sentía arder sus mejillas. Con ambas manos vertió varias veces agua sobre su rostro, en un vano intento de refrescarlo y hacer desaparecer las huellas de sus sollozos. No tenía fuerza para permanecer inactiva en la ducha, aunque solo fuera unos minutos. Se maquilló y puso todo el interés del que era capaz en esos momentos en eliminar las manchas rojizas que aparecían por doquier. Pintó sus labios de rosa fucsia, ¡mucho mejor! Tomó el vestido que la esperaba desde la noche anterior junto a la larga capa negra. Su pelo, en agresivo contraste con su capa, parecía más dorado que de costumbre. Sin embargo, sus ojos, de un extraño azul turquesa, en esos momentos parecían grises. Salió corriendo de su dormitorio, tenía que comprobar qué había ocurrido.

No había nadie al final de las escaleras.

Ni al atravesar el portal de su casa.

Cogió apresuradamente su coche para dirigirse al lugar donde esa noche se reuniría toda la familia. Tratando de centrarse en conducir, la realidad se fue imponiendo de nuevo. No había vuelta atrás. Él no podía estar allí. Él no podía estar ya en ningún sitio para ella.

Paró el coche junto al puente. Descendió de él sin quitar la llave de contacto. La música que se escuchaba desde la profundidad de la noche, como un terrible presagio, se mezclaba con el sonido del motor en marcha. Madame Butterfly cantaba su última aria despidiéndose del mundo con determinación: Amore, addio! Addio, piccolo amore! Va, gioca, gioca!

Puso de manera instintiva, sobre sus desnudos y fríos hombros, la negra capa de seda salvaje que la protegía de la noche, y abrochó el único botón que sujetaba la tirilla alrededor de su esbelto cuello. Sintió el peso enorme de sus huesos y dio unos pasos con dificultad, pensando que se iba a derrumbar. Se apoyó en la barandilla. La carga era excesiva. ¿Qué iba a decir a su familia? ¿Qué era lo que pretendía celebrar?

Se asomó por la ancha barandilla del puente. La profundidad abismal que contemplaba era fiel reflejo de sus sentimientos. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?

Como respuesta a un reclamo de su angustia, recordó una frase de Goethe que siempre le había impresionado: «Si la mañana no nos desvela para nuevas alegrías, y si por la noche no nos queda ninguna esperanza, ¿es que vale la pena vestirse y desnudarse?».

De pronto se sintió ligera. Como un autómata, se encaramó a la ancha barandilla. El abismo la llamaba, parecía un lecho amoroso donde podría reposar tranquila. Ya podía contestar a la angustiosa pregunta. Asió el borde de su negra capa, y como si fuera una extensión de su cuerpo, abrió los brazos en cruz saboreando anticipadamente la deseada paz y se dejó caer para emprender un vuelo sin retorno. Por un instante fue consciente de la decisión que acababa de tomar y quiso recuperar su equilibrio para volver a pisar el suelo.

¡Demasiado tarde, Isabel!

 

Corresponde al final del —Capítulo I— de NO QUIERO VIVIR SIN TI.

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