agosto 30, 2020

El Ángel

Había sido un día magnífico, nadie protestó, porque nadie se percató del trabajo que había estado realizando durante aquella tarde-noche, seguro que había sido mucho lo conseguido. Una vez en casa comprobaría las ganancias logradas con las distintas carteras “sustraídas” o “afanadas”. ¡A buen seguro que era considerable! Su hado lo había protegido.
Encendió la lámpara de la mesita supletoria y se dispuso a valorar con exactitud su trabajo. Contó emocionado lo que honradamente les había aligeraó a los transeúntes. Su trabajo estaba bien hecho y ahí tenía la recompensa. Era mucho más de lo que había imaginado.
Sin pensarlo dos veces, metió las carteras a una bolsa de basura y guardó el dinero, tan hábilmente ganado, en la maleta que siempre tenía preparada por si en algún momento tenía que salir corriendo.
Allí había ido depositando el resultado del esfuerzo de su trabajo, muy profesional y de muchos meses, aunque no siempre tan bien remunerado como el de esta tarde-noche.
De pronto, con ojos atónitos, descubrió que a su sillón favorito le habían salido dos alas.
Maravillado, se acerco al sillón del que sólo veía la parte trasera… con dos alas que ¿de donde saldrían? Su sorpresa alcanzó el grado máximo al llegar al punto donde podía ver más de frente el sillón.
¿Qué veían sus ojos? Los distintos colores de las luces de neón que se colaban por su ventana iluminaban una figura que se debatía entre lo terrenal y lo sobrenatural. Tímidamente preguntó:
—¿Quién eres?, ¿mi hado?
—No, no soy ningún hado, soy tu ángel custodio. He decidido dejar que me veas porque tengo que reprenderte muy seriamente, no puedes seguir así, es preciso que cambies de vida.
—¡Ya! —dijo tímidamente el ratero—. Ya se que mi vida es un asco y que siempre estoy sobresaltado pensando si me pillará la pasma, si me llevarán a la trena, ¡un asquito de vida!, ¡ya te digo! Pero te prometo que lo dejo, ¡de verdad!, ¡lo dejo!
—Pero ¿cuándo? —le urgió aquel ser alado.
— Precisamente ahora estaba preparando la maleta para irme a otro sitio. Voy a iniciar una nueva vida —mintió descaradamente—. El ángel lo miro dubitativo, como si no lo creyera. Por eso el ratero se sorprendió al oírle decir al comprensivo ángel:
—Esta bien. Te creo. Pero, para estar seguro de que no te vuelves atrás en cuanto dejes de verme, termina de recoger tus cosas, mientras, yo te pido un taxi que te lleve a la estación. Y allí ya decides a dónde quieres ir.
—No te arrepentirás de creer en mí, espera y verás el cambio.
El ratero entró en su habitación para recoger un par de cosas que quería llevarse con él. Mientras las cogía dudaba si debía hacer lo que le había dicho su ángel. Bueno, de momento le haría caso, luego ya lo pensaría.
—Ya estoy listo, guardo esto en la maleta y voy derechito al taxi —dijo al salir al cuarto de estar—. Pero ya no se veían las alas del sillón. ¿Dónde se había metido su ángel. Llamó primero, casi susurrando, luego fue subiendo el tono de voz hasta gritar:
—Ángel, ¿dónde te has metido? ¿Dónde…donde está la maleta?, ángel, ángel…
Tardó bastante tiempo en querer comprender, desesperado, que su ángel se había largado con la maleta. Lo que no le acababa de quedar tan claro era, si él había sido engañado por un ladrón que se hizo pasar por su ángel, o lo que era más terrible…con tanto robar, había llegado a pervertir a su ángel de la guardia…

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