abril 30, 2019

El pintor

Había misterio en la penumbra de sus cuadros.

Estanislao vivía para su pintura, pero, a pesar de su éxito, había algo que no le permitía sentirse satisfecho. Siempre que terminaba un cuadro pensaba en el siguiente como una composición distinta, sobre todo  más luminosa. Deseaba poner más color y luz a su obra. Tenía que conseguir que tuvieran más fuerza en su conjunto, que esa luminosidad y alegría que él les transmitía se viera reflejada en los semblantes de quienes lo contemplaran

No comprendía cómo podía tener tanto éxito.

Cuando exponía, Estanislao gustaba de observar a sus potenciales clientes. Sus rostros no se iluminaban, no sonreían, más bien parecían sobrecogidos: contraían las cejas, o se llevaban las manos a la cara, los ojos se redondeaban, incluso escuchaba alguna exclamación  que asociaba con horror o con dolor. Nunca con felicidad.

Y sin embargo compraban cuanto les ofrecía.

Su cuenta en el banco crecía  de forma exponencial. Siempre que presentaba sus cuadros —lo hacía en las mejores galería—, vendía toda su obra, a excepción de uno o dos que seleccionaba para su vivienda.

Los cuadros no desentonaban con el resto de la casa, más bien formaban parte de la estética dominante.

Estanislao pasaba la mayor parte de su vida en el estudio: la buhardilla de su unifamiliar, atestada de toda clase de útiles para desarrollar esa pasión, que era a la vez su medio de subsistencia.

Y vivía bien.

No tenía mucho interés en abandonar la buhardilla para ir a descansar a la parte de la casa dispuesta como su auténtico hogar. Allí nadie lo esperaba. Rara vez entraban extraños en su vivienda, y aún más raramente  celebraba allí algún evento.

Era bien parecido, pero vestía con una elegancia un tanto trasnochada para su edad (apenas cumplidos los cuarenta), trajes oscuros y pajarita. Solía acompañarse de un bastón para evitar las manos ociosas con las que no sabía que hacer, ni dónde ponerlas cuando no estaba pintando.

A la última fiesta acudió una joven periodista de ojos brillantes e inquietos, que le hizo demasiadas preguntas capciosas. No estaba de acuerdo con su obra y no tuvo ningún inconveniente en hacérselo saber entre bromas y risas. Le retó a que le mostrase el lugar dónde se producía la creación del ”Gran Genio”—así lo llamó, pero el timbre socarrón de su voz parecía contrariar sus palabras—. Él captó la ironía y obedeciendo a un impulso, decidió invitarla a una cena en sus dominios.

Volvió a su casa pensando en la necesidad de quedar en buen lugar con aquella invitación. Compraría algunas flores para que aquella periodista tan mordaz, sin pelos en la legua, encontrara su casa más agradable.

Al abrir la puerta de su vivienda fue como si nunca antes la hubiera visto. Sintió vergüenza al pensar que era allí donde iba a recibir a la periodista, y todo le pareció sombrío, viejo, incluso deprimente.

No había tiempo para grandes cambios.

Al día siguiente ella invadiría y juzgaría su casa, la había invitado a cenar y ahora no entendía porqué, ¡con lo desagradable que se había mostrado con él! Buscaría una excusa… lo aplazaría sine die…  —lo pensó mejor—. No podía ser, solo faltaba darle motivos personales para que escribiese también sobre su falta de palabra.

Cambiar la casa no era posible. Necesitaba una buena mano de pintura de un tono pálido, muebles nuevos, butacas menos rígidas, más funcionales que las de cuero negro… sus cuadros… ella ya se había manifestado sobre lo tenebrosos que le resultaban…

¡Qué desastre! No podía hacer nada.

¡Al diablo con la periodista! Se limitaría a añadir flores a la mesa y que opinase lo que le diera la gana.

Esa noche no podía dormir, ¡él que nunca perdía el sueño! Le obsesionaba aquel rostro joven con una sonrisa perenne animándolo, aunque estuviera diciendo cosas tan poco gratas como las que había vertido en sus oídos. Incluso lo había tratado como si fuera un anciano. Él no era tan mayor, tal vez desde su adolescencia se había tomado la vida demasiado en serio.

¡Eso era todo!

Pensando en la impertinente joven que había conseguido alterar su plácido sueño —y a pesar de todo, tenía que reconocer que le había gustado… mucho—, subió a la buhardilla.

Estuvo como en éxtasis pintando toda la noche.

Al clarear la mañana miró sorprendido su última creación, no salía de su asombro. Cuantas veces se había propuesto cambiar su estilo sin llegar a conseguirlo hasta ese momento.

¿Qué le había ocurrido?

Se fue a la cama con un gesto en el rostro que recordaba el inicio de una sonrisa. Durmió unas horas sin cambiar la expresión. Al despertar, lo hizo ilusionado por lo que le iba a deparar el día: cocinaría la receta preferida de su madre, compraría unas flores para la mesa del comedor y abriría las puertaventanas que daban al jardín y que pocas veces tenía ocasión de contemplar. Encendería también los farolillos exteriores, aunque todavía habría luz natural cuando empezaran a cenar, pero eso les permitiría ver aquel jardín …

Mientras lo pensaba, como un ensayo, abrió de par en par las puertaventanas que daban acceso al jardín. La casa se iluminó gracias al radiante sol que se filtraba por aquellos cristales. Se asombró, ¡el jardín era hermoso!

¿Cómo no se había parado a contemplarlo nunca?

La mueca que lo había acompañado en las últimas horas se definió al fin como una amplia sonrisa.

!!Creo que ya he descubierto de dónde procede esa luminosidad que siempre he buscado para mis cuadros!

 

 

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