Martin
Cual frustrado malabarista, Martín cogía con su mano derecha las manzanas, una a una, y con un impulso las elevaba para pasarlas a la mano izquierda y ponerlas en el peso.
Cual frustrado malabarista, Martín cogía con su mano derecha las manzanas, una a una, y con un impulso las elevaba para pasarlas a la mano izquierda y ponerlas en el peso.
Sí, resulta muy extraño tratar de introducirse en el líquido elemento y comprobar que, aunque el agua no te llega a las rodillas, no puedes avanzar sin peligro de caer de bruces al agua, a menos que utilices la maroma o cordón que, a modo de pasamanos, está instalado para evitar ese riesgo
De nuevo en casa. El paisaje que puedo admirar desde mi terraza me parece idílico, no es necesario saber que detrás de esas frondosas y altaneras palmeras está el mar. Siento que está ahí: activo, beneficioso, a veces osco y oscuro y muy de tarde en tarde enfadado y violento. No es necesario verlo para sentir la paz y serenidad que me aporta porque todo él paisaje que admiro está impregnado de MAR. Ya solo por eso, doy gracias al Hacedor del Universo.
Hoy, revisando alguno de mis viajes, he abierto el álbum que correspondía a Bali, y lo que he visto me ha recordado un espectáculo con moraleja. Se trata de «La Danza del Barong». He sentido la imperiosa necesidad de comentarlo aquí, para poderlo compartir con todos vosotros.
Me gusta mi trabajo. Me apasiona mi trabajo. Pero estoy temblando. Sé que esto es lo peor que me puede ocurrir. Un pie, otro pie… la cuerda parece que se bambolea, tengo que seguir adelante y no sucumbir a esta sensación que tanto se parece al miedo.
Tenía que ocurrir, y ocurrió. Teresa se había caído al estanque de los peces, cuya agua verduzca ya hacía presagiar lo resbaladizo que estaba el suelo. No conseguía ponerse en pie y aunque estiraba los brazos, no lograba llegar al borde del estanque para encontrar apoyo. Estaba en apuros, era evidente, pero no quería pedir ayuda.
Había sido un día magnífico, nadie protestó, porque nadie se percató del trabajo que había estado realizando durante aquella tarde-noche, seguro que había sido mucho lo conseguido. Una vez en casa comprobaría las ganancias logradas con las distintas carteras “sustraídas” o “afanadas”. ¡A buen seguro que era considerable! Su hado lo había protegido.
Despertó de nuevo. Se levantó de inmediato. Solamente una idea ocupaba su cerebro: había quedado a cenar con su familia. Un pensamiento esperanzador se había abierto camino haciéndole olvidar. Tal vez él estuviera allí, al final de las escaleras; esperándola. Tal vez todo lo demás había sido un mal sueño.
Qué palabra más… triste, profunda y para mí, bonita. ¿Cómo iba a saber cuál era su exacto significado?, podía tener tres o cuatro años recién cumplidos, lo que si sabía era el efecto que la palabra producía en mi ánimo. Del contexto de lo leído, sin duda, deducía la tristeza por algo querido e irremediablemente perdido.
La primera vez que conocí la palabra “nostalgia” era tan pequeña que justo acababa de aprender a leer. Sí, me dejó un recuerdo imborrable, como se puede comprobar.